Si te quedas conmigo aquí,
verás que mi palabra viste de rojo carmesí...
jueves, septiembre 04, 2008
Ese otro mundo
Es... en estas noches de calor agobiante cuando más echo de menos lo que me falta.
Las noches en las que no puedo dormir y deseo que vuelva el invierno, y ese deseo, en la oscuridad de mi cuarto es el que me lleva a las oscuras tardes de lluvia en Versalles.
Es difícil explicar el porqué de esta nostalgia. Puede ser porque estoy cansada de estar donde estoy, a pesar de que las personas que me rodean son lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo y que no las cambiaría por nada, pero no me puedo quitar de la cabeza la lluvia cayendo sobre la ventana, ir a comprar y volver completamente empapada para entrar en calor con los pies pegados en el radiador acabarme un bol lleno de helado de menta.
No puedo evitar echar de menos el ir a la lavandería y empezar a hablar con una persona cualquiera en francés para acabar haciéndolo en italiano, ir a cenar a una creperiè y comer una crêpe enorme rellena de un montón de cosas, ver el palacio o el hotel de ville iluminado con las luces de navidad...
O perderme por el centro comercial desconectando totalmente de la realidad porque nadie te va a entender, ni tú les vas a entender a ellos.
Recordar con tristeza esos momentos en los que salía de casa y me ponía a caminar por calles desconocidas rodeada de gente seria y con cierto tono melancólico en la mirada, pero no podía evitar sonreir, porque lo único que faltaba en ese momento y en ese lugar era que Yann Tiersen llegase a tu lado y pusiese banda sonora a tu vida.
Y es cuando más echas en falta, cuando más aprecias esos ratos de eternas esperas en la parada de autobús, con un frío que te cala hasta los huesos o recorrer dos pueblos y un cacho de bosque para llegar a un sitio que creías que estaba un pueblo y un cacho de bosque más cerca.
Y es en estas noches en las que no puedo dormir, en las que veo que todo lo que es mi vida sigue igual, pero sin tener esa vía de escape, y deseo, con todas mis fuerzas, vivir por un momento en ese otro mundo.
Y estreno con esto mi Google Chrome. ^_^
Las noches en las que no puedo dormir y deseo que vuelva el invierno, y ese deseo, en la oscuridad de mi cuarto es el que me lleva a las oscuras tardes de lluvia en Versalles.
Es difícil explicar el porqué de esta nostalgia. Puede ser porque estoy cansada de estar donde estoy, a pesar de que las personas que me rodean son lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo y que no las cambiaría por nada, pero no me puedo quitar de la cabeza la lluvia cayendo sobre la ventana, ir a comprar y volver completamente empapada para entrar en calor con los pies pegados en el radiador acabarme un bol lleno de helado de menta.
No puedo evitar echar de menos el ir a la lavandería y empezar a hablar con una persona cualquiera en francés para acabar haciéndolo en italiano, ir a cenar a una creperiè y comer una crêpe enorme rellena de un montón de cosas, ver el palacio o el hotel de ville iluminado con las luces de navidad...
O perderme por el centro comercial desconectando totalmente de la realidad porque nadie te va a entender, ni tú les vas a entender a ellos.
Recordar con tristeza esos momentos en los que salía de casa y me ponía a caminar por calles desconocidas rodeada de gente seria y con cierto tono melancólico en la mirada, pero no podía evitar sonreir, porque lo único que faltaba en ese momento y en ese lugar era que Yann Tiersen llegase a tu lado y pusiese banda sonora a tu vida.
Y es cuando más echas en falta, cuando más aprecias esos ratos de eternas esperas en la parada de autobús, con un frío que te cala hasta los huesos o recorrer dos pueblos y un cacho de bosque para llegar a un sitio que creías que estaba un pueblo y un cacho de bosque más cerca.
Y es en estas noches en las que no puedo dormir, en las que veo que todo lo que es mi vida sigue igual, pero sin tener esa vía de escape, y deseo, con todas mis fuerzas, vivir por un momento en ese otro mundo.
Y estreno con esto mi Google Chrome. ^_^
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miércoles, mayo 07, 2008
No encuentro otra explicación...
Aún recuerdo a Mario.
Han pasado bastantes años, han pasado muchas cosas y muchas personas, pero cuando me da por pensar en la ternura e inocencia, siempre me acuerdo de Mario.
Fue breve, como las mejores cosas, como deben ser los amores adolescentes.
Esos años en los que era primavera hasta en septiembre, en los que te sobra todo menos esa persona, en los que lo único que necesitas para ser feliz es estar abrazada a él, hablando de tonterías. Esos años en los que un beso es el mundo...
Me acuerdo de ese primer día, que sin conocernos, estuvimos pegados desde la mañana hasta la noche. Del segundo día, que pese a ser meses después del primero, aún se mantenía esa extraña conexión.
Las canciones, las moñerías, los detalles... esa época en el que el mayor de los problemas era sentir esos inocentes celos cuando se iba a entrenar y no podía estar con él.
Apenas recuerdo su cara, casi se me ha olvidado su mirada, pero lo que nunca olvidaré son sus manos.
Comparadas con las mías eran enormes, y a mí me encantaban. Cuando me abrazaba, me abarcaba casi toda la espalda y eso me reconfortaba. Me perdía en sus manos, eran las mejores manos del mundo.
Pero sobre todo, ante todas las cosas del mundo, lo que mejor recuerdo fue aquel momento, en esa plaza donde poco antes de vernos con el resto de la gente, nervioso y tembloroso, me dio la mano por primera vez. Por aquel entonces, ese fue el momento más feliz de mi vida.
A veces me pregunto qué habrá sido de él, y si alguna vez se acordará de mí... nunca lo sabré.
Incluso... a día de hoy, creo que puedo decir que fue el momento más feliz de mi vida.
Cada vez que toco un poco fondo,
Cada vez que el tiempo vuela,
Un recuerdo (mas que) pasajero...
Andrés Calamaro, Dulce condena.
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sábado, agosto 18, 2007
Paz
Hoy siento una extraña paz interior. Una paz inexpliable que me hace estar en armonía conmigo misma, que aparece sin motivo aparente y no quiere desaparecer.
Me hace capaz de enfrentarme a todo sin un ápice de maldad, aceptarme a mí misma y a los que me rodean, que reconcilia mi pasado con mi presente y mi futuro.
Esa paz me asegura que la falta de rencor hacia los demás me ha hecho invulnerable.
Es algo tan profundo que no se puede permanecer impasible ante ello, pero tan sutil a la vez, que no se puede expresar con la risa.
Oigo tu canción. La canción que sin razón alguna asocié contigo cuando nos conocimos. Y me entran ganas de llorar. Sin pretenderlo, vuelvo a pensar en ti y en que quizás quiera quererte. O quizás ya lo haga. Quizás seas tú mi único tormento...
Me hace capaz de enfrentarme a todo sin un ápice de maldad, aceptarme a mí misma y a los que me rodean, que reconcilia mi pasado con mi presente y mi futuro.
Esa paz me asegura que la falta de rencor hacia los demás me ha hecho invulnerable.
Es algo tan profundo que no se puede permanecer impasible ante ello, pero tan sutil a la vez, que no se puede expresar con la risa.
Oigo tu canción. La canción que sin razón alguna asocié contigo cuando nos conocimos. Y me entran ganas de llorar. Sin pretenderlo, vuelvo a pensar en ti y en que quizás quiera quererte. O quizás ya lo haga. Quizás seas tú mi único tormento...
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sábado, julio 21, 2007
Cuando más te necesito...
miércoles, marzo 21, 2007
Tal vez...
Te miro y siento que hago lo prohibido.
Te miro y pienso que no tendría que haber sucedido.
Tal vez no tendría que haberte mirado, tal vez no tendría que haberlo pensado.
Tal vez…
Me gusta el olor de tu piel, el color de tus ojos, el sonido de tu voz. Me gusta tu aliento caliente sobre mi piel en las noches frías. Tu forma de abrazarme para hacer que me sienta protegida.
Mi mirada, perdida en el infinito, sólo busca tu mirada. Intento convencerla de que ya no estás, de que ya te has ido, pero no deja de buscarte.
Mi cabeza da vueltas y más vueltas alrededor de ti, escucho tu risa, toco tu piel, pero tú no has vuelto.
Siento la rabia y la impotencia de no poder cambiar el destino, quiero gritar, destruir el mundo que nos rodea y hacerle ver que soy más poderosa que él, y que no voy a consentir que te aleje de mí.
Pero no puedo. Y le odio por eso.
Tal vez no tendría que haberte querido.
Te miro y pienso que no tendría que haber sucedido.
Tal vez no tendría que haberte mirado, tal vez no tendría que haberlo pensado.
Tal vez…
Me gusta el olor de tu piel, el color de tus ojos, el sonido de tu voz. Me gusta tu aliento caliente sobre mi piel en las noches frías. Tu forma de abrazarme para hacer que me sienta protegida.
Mi mirada, perdida en el infinito, sólo busca tu mirada. Intento convencerla de que ya no estás, de que ya te has ido, pero no deja de buscarte.
Mi cabeza da vueltas y más vueltas alrededor de ti, escucho tu risa, toco tu piel, pero tú no has vuelto.
Siento la rabia y la impotencia de no poder cambiar el destino, quiero gritar, destruir el mundo que nos rodea y hacerle ver que soy más poderosa que él, y que no voy a consentir que te aleje de mí.
Pero no puedo. Y le odio por eso.
Tal vez no tendría que haberte querido.
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sábado, junio 03, 2006
El último baile
Pon la música. Acércate. Cógeme de la cintura mientras un escalofrío recorre mi espalda.
Dime lo feliz que eres a mi lado, mientras apoyo la cabeza en tu hombro.
Abrázame para que desee que este momento no acabe nunca.
Dime que me quieres y muévete al ritmo del violín.
Dime que no me olvidarás y no me sueltes.
Dime lo mucho que has disfrutado a mi lado. Acaríciame.
Mírame a los ojos, dime que siempre soñaste conmigo.
Termínate la copa medio vacía mientras suenan los últimos acordes.
Acércate otra vez, dame un beso, un abrazo y dime que lo sientes.
Prométeme que nos volveremos a ver.
Aléjate y no te des la vuelta para no ver mis lágrimas.
Dime lo feliz que eres a mi lado, mientras apoyo la cabeza en tu hombro.
Abrázame para que desee que este momento no acabe nunca.
Dime que me quieres y muévete al ritmo del violín.
Dime que no me olvidarás y no me sueltes.
Dime lo mucho que has disfrutado a mi lado. Acaríciame.
Mírame a los ojos, dime que siempre soñaste conmigo.
Termínate la copa medio vacía mientras suenan los últimos acordes.
Acércate otra vez, dame un beso, un abrazo y dime que lo sientes.
Prométeme que nos volveremos a ver.
Aléjate y no te des la vuelta para no ver mis lágrimas.
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miércoles, mayo 03, 2006
Cuarto menguante
Cojeaba por culpa del tacón del zapato que le hizo tropezar.
Su camisa estaba medio desabrochada, con algún botón de menos.
La falda, descolocada, dejaba ver unas medias negras rotas.
Siempre había sido consciente de que cualquier día le podía pasar.
Ese día era cualquier día.
Más que los golpes, le dolía el alma. Le importaban poco las consecuencias. O nada.
Sabía que irían a por ella, pero eso era lo último que tenía en la cabeza en ese momento.
Hacía mucho tiempo que vivía como un fantasma. Vivir por vivir. Vivir sin sentir.
¿Qué había sido de su alegría? ¿Se fue huyendo aquel día en el que puso a la venta lo único cotizable que le quedaba?
No. Ella sabía que fue mucho antes.
Vino a su cabeza el eco de una voz. Eran sus recuerdos. Era su vida, su otra vida, la auténtica, aquella en la que aún conservaba algo: la esperanza.
¿Fue feliz en esa vida? Tal vez no, pero la vivió intensamente. Ella fue su dueña, su creadora. La moldeó a su gusto, a su manera de ver.
“Confía en mí” era lo que le decía la voz de su esperanza en aquella otra vida.
Confía en mí.
Confía en mí.
Confía en mí.
Y ella decidió hacerlo. Como aquel que se lanza al vacío desde la azotea de un rascacielos sin preocuparse por lo que habrá al llegar abajo.
Vacío, soledad, tristeza… es lo que se encontró cuando su cabeza chocó con el suelo.
En ese momento se acabaron las risas, los besos, las charlas nocturnas a la luz de las estrellas. Todo.
La luna estaba en cuarto menguante la noche que pasaron haciendo planes para el futuro.
Cuarto menguante aquella noche que únicamente mirándose a los ojos descubrieron que se amaban.
También la hubo la noche que cambió todo.
Y ahora ella estaba allí. El destino, ese destino caprichoso que le había dado y quitado tantas cosas, le había llevado allí, le había hecho eso.
Era una noche normal, un cliente normal. Hasta que ella quiso irse. Él no le dejó.
Le ofreció el dinero, todo lo que llevaba. Pero él no quería eso.
Forcejearon, ella intentaba librarse de las garras de ese hombre con todas sus fuerzas, hasta que él sacó el arma.
Ella dudó un momento, pero no tenía miedo. Sabía como desarmar a un hombre, porque, aunque llevase una pistola en la mano, sólo era un simple hombre.
Centró todas sus fuerzas en el golpe, y fueron suficientes para hacerle retorcerse de dolor soltando la pistola.
La cogió y salió corriendo del coche.
El hombre, mínimamente recuperado, intentó arrancar su coche.
Al darse cuenta, ella se giró y como un acto reflejo, apretó el gatillo. Sin pararse un instante, se alejaba lo más rápido posible.
Ahora estaba allí, en un callejón solitario, como un alma en pena. ¿Acaso seguía teniendo alma? Si la tenía, en ese momento no hacía acto de presencia.
Empezó a llover. El maquillaje caía de sus ojos, como negras lágrimas salidas del fondo de su ennegrecido corazón. Desecho, roto, agonizante.
Miró al cielo mientras oía por última vez aquella voz de esperanza que le volvía a decir “Confía en mí”.
Sacó el arma, la cogió firmemente, y su rostro dibujó una sonrisa serena.
Mientras tanto, en otro lado de la ciudad, en una habitación solitaria, alguien se pregunta por esa sonrisa que le hizo tan feliz años atrás y de la que el destino le separó, mientras mira las estrellas.
Cierra la ventana. Se aleja. La luna estaba en cuarto menguante.
Su camisa estaba medio desabrochada, con algún botón de menos.
La falda, descolocada, dejaba ver unas medias negras rotas.
Siempre había sido consciente de que cualquier día le podía pasar.
Ese día era cualquier día.
Más que los golpes, le dolía el alma. Le importaban poco las consecuencias. O nada.
Sabía que irían a por ella, pero eso era lo último que tenía en la cabeza en ese momento.
Hacía mucho tiempo que vivía como un fantasma. Vivir por vivir. Vivir sin sentir.
¿Qué había sido de su alegría? ¿Se fue huyendo aquel día en el que puso a la venta lo único cotizable que le quedaba?
No. Ella sabía que fue mucho antes.
Vino a su cabeza el eco de una voz. Eran sus recuerdos. Era su vida, su otra vida, la auténtica, aquella en la que aún conservaba algo: la esperanza.
¿Fue feliz en esa vida? Tal vez no, pero la vivió intensamente. Ella fue su dueña, su creadora. La moldeó a su gusto, a su manera de ver.
“Confía en mí” era lo que le decía la voz de su esperanza en aquella otra vida.
Confía en mí.
Confía en mí.
Confía en mí.
Y ella decidió hacerlo. Como aquel que se lanza al vacío desde la azotea de un rascacielos sin preocuparse por lo que habrá al llegar abajo.
Vacío, soledad, tristeza… es lo que se encontró cuando su cabeza chocó con el suelo.
En ese momento se acabaron las risas, los besos, las charlas nocturnas a la luz de las estrellas. Todo.
La luna estaba en cuarto menguante la noche que pasaron haciendo planes para el futuro.
Cuarto menguante aquella noche que únicamente mirándose a los ojos descubrieron que se amaban.
También la hubo la noche que cambió todo.
Y ahora ella estaba allí. El destino, ese destino caprichoso que le había dado y quitado tantas cosas, le había llevado allí, le había hecho eso.
Era una noche normal, un cliente normal. Hasta que ella quiso irse. Él no le dejó.
Le ofreció el dinero, todo lo que llevaba. Pero él no quería eso.
Forcejearon, ella intentaba librarse de las garras de ese hombre con todas sus fuerzas, hasta que él sacó el arma.
Ella dudó un momento, pero no tenía miedo. Sabía como desarmar a un hombre, porque, aunque llevase una pistola en la mano, sólo era un simple hombre.
Centró todas sus fuerzas en el golpe, y fueron suficientes para hacerle retorcerse de dolor soltando la pistola.
La cogió y salió corriendo del coche.
El hombre, mínimamente recuperado, intentó arrancar su coche.
Al darse cuenta, ella se giró y como un acto reflejo, apretó el gatillo. Sin pararse un instante, se alejaba lo más rápido posible.
Ahora estaba allí, en un callejón solitario, como un alma en pena. ¿Acaso seguía teniendo alma? Si la tenía, en ese momento no hacía acto de presencia.
Empezó a llover. El maquillaje caía de sus ojos, como negras lágrimas salidas del fondo de su ennegrecido corazón. Desecho, roto, agonizante.
Miró al cielo mientras oía por última vez aquella voz de esperanza que le volvía a decir “Confía en mí”.
Sacó el arma, la cogió firmemente, y su rostro dibujó una sonrisa serena.
Mientras tanto, en otro lado de la ciudad, en una habitación solitaria, alguien se pregunta por esa sonrisa que le hizo tan feliz años atrás y de la que el destino le separó, mientras mira las estrellas.
Cierra la ventana. Se aleja. La luna estaba en cuarto menguante.
Una canción: Virgen del fracaso - Marea
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lunes, enero 30, 2006
Paris la nuit
Siento sus dedos en mi espalda. Tumbada bocabajo sus manos me acarician suavemente recorriendo mi columna desde la nuca.
Se tumba a mi lado y me abraza, girándome hasta tener mi espalda contra su pecho. Puedo sentir su respiración, lenta, profunda, tranquila.
Disfruto unos momentos del abrazo, del tacto de su piel del color que desprende su cuerpo. Me giro hacia él, le abrazo y beso sus labios con ternura. Hacemos el amor mientras mis labios recorren su cuello. Sus manos firmes sujetan mi cuerpo, marcando el ritmo, haciéndome sentir cada roce, llenándome de felicidad.
Nuestros cuerpos se unen en un momento mágico. Durante unos segundos puedo sentir su cuerpo como si fuera mío.
Nos fundimos en un abrazo. Se incorpora y me mantiene entre sus brazos, siento la satisfacción de ser indestructible, nada puede hacerme daño.
Y en sus brazos rompí a llorar. Tal vez de felicidad, tal vez de pena, por todo y por nada.
Cubierta con el susurro de su voz, diciéndome palabras cariñosas, se hizo la eternidad, invadida por una paz extraña. Mi amante imaginario se difuminó, desapareciendo de mi mente, dejándome en el paladar el sabor agridulce de aquel libro de Valérie Tasso y la duda eterna sobre el verdadero amor.
¿Amamos acaso a esa persona o a la sombra formada por la fantasía idealizada que fabricamos en ella?
Se tumba a mi lado y me abraza, girándome hasta tener mi espalda contra su pecho. Puedo sentir su respiración, lenta, profunda, tranquila.
Disfruto unos momentos del abrazo, del tacto de su piel del color que desprende su cuerpo. Me giro hacia él, le abrazo y beso sus labios con ternura. Hacemos el amor mientras mis labios recorren su cuello. Sus manos firmes sujetan mi cuerpo, marcando el ritmo, haciéndome sentir cada roce, llenándome de felicidad.
Nuestros cuerpos se unen en un momento mágico. Durante unos segundos puedo sentir su cuerpo como si fuera mío.
Nos fundimos en un abrazo. Se incorpora y me mantiene entre sus brazos, siento la satisfacción de ser indestructible, nada puede hacerme daño.
Y en sus brazos rompí a llorar. Tal vez de felicidad, tal vez de pena, por todo y por nada.
Cubierta con el susurro de su voz, diciéndome palabras cariñosas, se hizo la eternidad, invadida por una paz extraña. Mi amante imaginario se difuminó, desapareciendo de mi mente, dejándome en el paladar el sabor agridulce de aquel libro de Valérie Tasso y la duda eterna sobre el verdadero amor.
¿Amamos acaso a esa persona o a la sombra formada por la fantasía idealizada que fabricamos en ella?
Una canción: Corazón oxidado - Fito y Fitipaldis
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viernes, septiembre 30, 2005
Volver atrás en el tiempo
Entró corriendo en la habitación.
Cuando se enteró lo dejó todo para llegar lo más rápido posible hasta ella.
No le habían dado más detalles, el exceso de velocidad de un conductor loco, un semáforo en rojo… y allí estaba ella.
Rodeada de seres queridos, bella y delicada como una rosa recién cortada. Al igual que la necesidad de la flor de tener agua, ella necesitaba esos tubos para seguir viva, para alargar su agonía.
La familia, sin comprender bien por qué, supo que les tenían que dejar solos y se marcharon en silencio.
Él no decía nada, sólo la miraba. Quería abrazarla, besarla, decirle que él siempre la protegería, como meses atrás lo hacía.
Por su cabeza pasaron esos momentos de ternura, de risas, de felicidad.
En unos segundos desfilaron por su mente todos esos recuerdos.
Cuando hablaban de hacer locuras juntos, cuando las hacían, cuando intercambiaban esas miradas de complicidad, esas palabras prohibidas, esas canciones que hicieron suyas. Cuando la cogía de la cintura, cuando despertaba a su lado, cuando planificaban recorrer el mundo juntos…
Nunca podrá olvidar cómo se humedecían sus ojos mientras él le decía que era maravillosa. Pero mientras ella se preocupaba porque no la viese llorar, él se preocupaba de tomar la decisión correcta.
Ella habría lo habría dado todo para que ese momento, justo antes del último adiós, hubiese sido eterno.
No tardaron en volver las risas, las conversaciones alegres, porque los dos sabían que, a pesar de todo, había cosas que no debían morir.
Y siguieron haciendo su vida, uno lejos del otro, pero siempre juntos.
Él no quería perderla nunca.
Nunca pensó que esto acabaría. No así.
Su corazón latía ahora con más fuerza, hasta dolerle.
Quería gritar, quería dar vuelta atrás para darle todo lo que le negó, para vivirla muy dentro, para disfrutarla, para hacerla feliz… y para decirle lo que nunca se atrevió a decirle, porque ella lo esperaba cada segundo, pero nunca salió de su boca.
Su mirada se empaño, sus labios empezaron a temblar, cogió su mano y un frágil “lo siento” salió de su boca.
Se abrió la puerta y una chica se adentró en la habitación. Él se acercó, le abrazó, le besó y le susurró al oído un “te quiero”. Los dos salieron de la habitación, mientras al otro lado, como en otro mundo, salía de los ojos de ella la última lágrima que derramaba por él.
Cuando se enteró lo dejó todo para llegar lo más rápido posible hasta ella.
No le habían dado más detalles, el exceso de velocidad de un conductor loco, un semáforo en rojo… y allí estaba ella.
Rodeada de seres queridos, bella y delicada como una rosa recién cortada. Al igual que la necesidad de la flor de tener agua, ella necesitaba esos tubos para seguir viva, para alargar su agonía.
La familia, sin comprender bien por qué, supo que les tenían que dejar solos y se marcharon en silencio.
Él no decía nada, sólo la miraba. Quería abrazarla, besarla, decirle que él siempre la protegería, como meses atrás lo hacía.
Por su cabeza pasaron esos momentos de ternura, de risas, de felicidad.
En unos segundos desfilaron por su mente todos esos recuerdos.
Cuando hablaban de hacer locuras juntos, cuando las hacían, cuando intercambiaban esas miradas de complicidad, esas palabras prohibidas, esas canciones que hicieron suyas. Cuando la cogía de la cintura, cuando despertaba a su lado, cuando planificaban recorrer el mundo juntos…
Nunca podrá olvidar cómo se humedecían sus ojos mientras él le decía que era maravillosa. Pero mientras ella se preocupaba porque no la viese llorar, él se preocupaba de tomar la decisión correcta.
Ella habría lo habría dado todo para que ese momento, justo antes del último adiós, hubiese sido eterno.
No tardaron en volver las risas, las conversaciones alegres, porque los dos sabían que, a pesar de todo, había cosas que no debían morir.
Y siguieron haciendo su vida, uno lejos del otro, pero siempre juntos.
Él no quería perderla nunca.
Nunca pensó que esto acabaría. No así.
Su corazón latía ahora con más fuerza, hasta dolerle.
Quería gritar, quería dar vuelta atrás para darle todo lo que le negó, para vivirla muy dentro, para disfrutarla, para hacerla feliz… y para decirle lo que nunca se atrevió a decirle, porque ella lo esperaba cada segundo, pero nunca salió de su boca.
Su mirada se empaño, sus labios empezaron a temblar, cogió su mano y un frágil “lo siento” salió de su boca.
Se abrió la puerta y una chica se adentró en la habitación. Él se acercó, le abrazó, le besó y le susurró al oído un “te quiero”. Los dos salieron de la habitación, mientras al otro lado, como en otro mundo, salía de los ojos de ella la última lágrima que derramaba por él.
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miércoles, septiembre 14, 2005
De colores
Él, el que tantas vidas había llenado de colores, el anónimo que encendía la luz de los días oscuros de tantas personas.
Él, que pensaba que el mejor regalo para alguien era una sonrisa. Tanto que su sonrisa se convirtió en lo más bello que tenía, que la sonrisa de alguien, de un amigo, de un desconocido, era su misión al comenzar el día, su batalla ganada al llegar la noche.
Aquel del que nadie supo nada, que dio colores hasta cuando sus días eran grises. Dio tanto a cambio de una pequeña muestra de afecto…
Pero ese demonio siempre le persiguió, hasta el punto de no poder vivir sin él, de vivir siempre ausente por no saber huir, por no haber podido escapar de esa maldita soledad, que cada vez le hundía más, hasta llevarle a la peor de las miserias.
Nadie supo como entrar en su mundo, como atravesar aquella barrera que le separaba del mundo.
Sólo ella lo logró, sólo a ella se entregó, de dio todo, los colores más bellos que guardaba en su paleta, los momentos más hermosos que nadie había vivido.
Le dio su vida, sus ilusiones, se lo ofreció todo sin dudarlo un momento.
Creía que si así hacía lo bello no acabaría, no tendría límites. Incluso cogería tanta fuerza como para hacer temblar el mundo, como para hacer desaparecer a su demonio…
No había sentimiento más profundo que la felicidad que tenía, que el amor que sentía.
Hasta que sintió el dolor más desgarrador al perderla.
No supo salir de esa cárcel fría que desde ese momento le tiene preso.
Hoy yace en esa cama, herido, manteniendo vivo lo poco que tiene, el recuerdo de su sonrisa, de sus abrazos. Se estremece al recordar sus caricias, intenta revivir la sensación de su mano recorriéndole la espalda suavemente, mientras el puñal se clava cada vez más dentro, recordándole que esos momentos no volverán.
Su cabeza hundida en la almohada empapada de lágrimas, su cuerpo se funde con las sábanas blancas, porque sus colores se han perdido.
Su luz se apaga sutilmente con cada segundo que pasa.
Una extraña paz interior le invade.
Él no se resiste, ya nada importa.
Ya no hay lágrimas, ya no hay colores, ya no hay luz.
Él, que pensaba que el mejor regalo para alguien era una sonrisa. Tanto que su sonrisa se convirtió en lo más bello que tenía, que la sonrisa de alguien, de un amigo, de un desconocido, era su misión al comenzar el día, su batalla ganada al llegar la noche.
Aquel del que nadie supo nada, que dio colores hasta cuando sus días eran grises. Dio tanto a cambio de una pequeña muestra de afecto…
Pero ese demonio siempre le persiguió, hasta el punto de no poder vivir sin él, de vivir siempre ausente por no saber huir, por no haber podido escapar de esa maldita soledad, que cada vez le hundía más, hasta llevarle a la peor de las miserias.
Nadie supo como entrar en su mundo, como atravesar aquella barrera que le separaba del mundo.
Sólo ella lo logró, sólo a ella se entregó, de dio todo, los colores más bellos que guardaba en su paleta, los momentos más hermosos que nadie había vivido.
Le dio su vida, sus ilusiones, se lo ofreció todo sin dudarlo un momento.
Creía que si así hacía lo bello no acabaría, no tendría límites. Incluso cogería tanta fuerza como para hacer temblar el mundo, como para hacer desaparecer a su demonio…
No había sentimiento más profundo que la felicidad que tenía, que el amor que sentía.
Hasta que sintió el dolor más desgarrador al perderla.
No supo salir de esa cárcel fría que desde ese momento le tiene preso.
Hoy yace en esa cama, herido, manteniendo vivo lo poco que tiene, el recuerdo de su sonrisa, de sus abrazos. Se estremece al recordar sus caricias, intenta revivir la sensación de su mano recorriéndole la espalda suavemente, mientras el puñal se clava cada vez más dentro, recordándole que esos momentos no volverán.
Su cabeza hundida en la almohada empapada de lágrimas, su cuerpo se funde con las sábanas blancas, porque sus colores se han perdido.
Su luz se apaga sutilmente con cada segundo que pasa.
Una extraña paz interior le invade.
Él no se resiste, ya nada importa.
Ya no hay lágrimas, ya no hay colores, ya no hay luz.
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